El tiempo es raro.
Uno cree que le sobra hasta que empieza a hacer algo.
Con Velada pasó que calculamos un poco mal. Estábamos optimistas: teníamos tres meses para sacar la primera colección para el Día de la Madre, era la ocasión perfecta. No alcanzamos. Miramos el calendario buscando otras fechas, pero el tiempo pasaba y no llegábamos a ninguna. En algún momento, con risa nerviosa, nos preguntamos si alcanzábamos para Navidad.
Y ahí entendimos una de las primeras cosas de emprender un negocio: uno puede tener un plan, pero no necesariamente tiene el control. Cada vez que creíamos que ya sabíamos qué seguía, aparecía otra cosa; cada vez que teníamos una respuesta, resultaba una nueva pregunta. Había días en los que sentíamos que habíamos avanzado muchísimo y otros en los que solo podíamos pensar en cuánto faltaba.
Hubo un momento en el que nos miramos y dijimos: bueno, en el peor de los casos vendemos todo, recuperamos la inversión y cerramos la empresa. No fue exactamente nuestro momento más optimista, ni mucho menos lo que pensamos ahora.
El precosteo fue uno de esos golpes de realidad. Aprender cuánto vale tu trabajo es difícil. No éramos capaces de decir el precio en voz alta la primera vez que hicimos las cuentas. Queríamos algo de buena calidad, pero no algo por lo que ni siquiera nosotras pagaríamos. Y ahí entendimos que no solo tienes que saber cuánto te cuesta hacer algo; también tienes que confiar en que lo que haces vale lo que estás cobrando: un precio justo para todos.
¿Qué hicimos? Renuncias, así de “simple”. Emprender también es entender que no se puede tener todo al mismo tiempo. Lo único innegociable: la calidad. Porque nos dimos cuenta de que no todos los productos bonitos son funcionales, pero los funcionales sí pueden ser bonitos.
Y también está todo lo que construyes alrededor del producto: el logo que te encanta, los colores, el empaque, la experiencia que imaginaste. Pero una marca es mucho más que eso. El ADN de quienes la crean siempre está ahí, pero llega un momento en que se la entregas al mundo y cada persona le va dando forma, te guste o no. Y ahí aparece otra parte de emprender que nadie te cuenta: tienes que aprender a convivir con las opiniones de los demás.
La gente opina mucho.
Opina cuando empiezas, cuando te demoras, cuando cambias de idea, cuando cuentas lo que estás haciendo y cuando todavía no has sacado nada. Supongo que por eso también hay que ser un poquito valientes. Porque empiezas sin saber exactamente cómo va a terminar y, mientras tanto, tienes que seguir tomando decisiones como si supieras. Eso también es emprender: aprender a escuchar tus propias dudas sin dejar que te paralicen.
Tener a alguien que crea en ti también te salva, a ti y al negocio.
Porque tener una socia no hace que emprender sea fácil, pero sí hace que muchas cosas pesen menos. Cuando una duda, la otra puede recordar por qué empezaron. Cuando una no puede, la otra puede cargar un poquito más. Porque la ironía es que cuando tienes un negocio propio, la gente cree que manejas tu propio tiempo, pero resulta que las vacaciones dejan de ser vacaciones. Y para eso estábamos las dos. Si una se iba de viaje, la otra seguía. Si una tenía un niño enfermo, la otra avanzaba. Si una simplemente había tenido un día en el que su cabeza no estaba para trabajar, la otra podía seguir. No siempre estábamos las dos al cien. Y estaba bien.
Y si no tienes una socia, puede ser alguien que crea en ti, que te escuche, que te recuerde por qué empezaste y que no deje que te rindas cuando tú misma estás pensando en hacerlo.
Quizás esa ha sido una de las cosas más importantes que hemos aprendido: hay que ser valiente para empezar sin tenerlo todo claro. No porque tengas la certeza de que va a funcionar, sino porque decides hacerlo aun sabiendo que no tienes todas las respuestas.
Y sobre todo, si quieres hacerlo bien, hay que aprender que no todo se puede acelerar. Hay cosas que simplemente necesitan su tiempo.
Y Velada necesitaba el suyo.


